La hipertensión arterial es una de las enfermedades no transmisibles más conocidas y prevalentes en nuestra sociedad. En ese sentido, no es extraño escuchar el relato de un pariente o amigo que la padezca. Es más común de lo que creemos.

Regular la dieta, bajar el consumo de alcohol, mantener una actividad física activa (al menos 3 veces por semana) y la ingesta de medicamentos como el losartán o enalapril, son algunos de los mandamientos que los pacientes con hipertensión deben seguir el pie de la letra. Sin embargo, muchas veces el desconocimiento que se mantiene en torno a esta enfermedad, hace que el progreso de la misma se acelere y se expanda de forma poco sutil.

Según datos de la última Encuesta Nacional de Salud, ENS, entre 2016 y 2017 el 27,6% de la población es sospechosa de padecer esta enfermedad, presentando en sus controles, presión arterial elevada, mayor a 140/90 mmHg. En el desglose, se aprecia que el 25,5% de esa población de riesgo corresponde a hombres y un 27,7% a mujeres, lo que muestra un descenso en el porcentaje si analizamos los datos del año 2003, donde se muestra que los probables hipertensos masculinos están el rango del 33,7%, versus un 30,8% en mujeres.

Ahora bien, si analizamos los grupos etarios con autoreportes y/o tratamiento médico vinculado con la hipertensión arterial, nos daremos cuenta de que el rango más riesgoso comienza desde los 65 años, donde en 2009 se situaba un 74,7% de la población hipertensa. Esta cifra muy similar a la arrojada en 2017, con un 73,3%.

La tónica de la similitud, a pesar de los años de diferencia del estudio, se replica también en el rango etario de 45-64, donde en 2009 se apreciaba un 43,2% de la población hipertensa frente a un 45,1% en 2017.

Por otro lado la encuesta también mostró una relación entre los años de estudio de los individuos y el desarrollo de hipertensión arterial. En este ´punto se torna fundamental comprender que esta patología, no solo se avoca a un carácter fisiológico, sino también social, donde la conciencia por el cuidado personal toma una relevancia trascendental.

Sin duda que tomar resguardo médico es importante, sin embargo, el cambio en las conductas que potencian la aparición de este tipo de patologías es muy importante. Derribar el sedentarismo y la mala alimentación se torna vital en estos casos.

También está el factor cultural, donde el adquirir una correcta información vinculada con esta clase de enfermedades debe ser una forma constante de retroalimentarnos.

Hipertensión y riñón

Si bien la hipertensión arterial es muy conocida en tanto a enfermedad expresada, la sociedad poco sabe de su origen. En ese sentido, se aprecia que la percepción generalizada está asociada a vincularla con procesos erróneos del corazón, sin embargo queda pendiente en esta opinión un actor fundamental, el riñón.

La hipertensión arterial es también una enfermedad que se desencadenada por el mal funcionamiento renal, ya que cuando el vaso sanguíneo tiene un radio menor al normal, o el volumen del líquido que fluye a través de éste aumenta, se genera un fenómeno llamado “aumento de volemia”, lo cual es una condición que está regulada por el riñón, ya que es él el  órgano encargado de retener líquido. En otro escenario, si nuestro riñón está reteniendo más de lo normal, la presión aumentará. Por otro lado, los fármacos que ayudan a regular esta patología, como los mencionados anteriormente, median la acción de las hormonas aldosterona y angiotensina II, regulando la capacidad renal de retener sodio y líquido. Sin embargo, cuando estas hormonas están elevadas, no sólo la presión aumenta, también se genera daño en los tejidos

En este sentido, es fundamental la investigación básica y aplicada realizada por científicos chilenos, quienes a través de rigurosos estudios pretenden dilucidar los misterios de la hipertensión arterial y así poder contribuir a pavimentar el camino hacia una sociedad más saludable.